La ingenuidad de los declinistas

Por Silvio Guaita (*)

 

Una vez más el mundo se enfrenta a una crisis de carácter global. Está vez sus raíces no son económicas, como la crisis financiera de 2008 con epicentro en Estados Unidos; tampoco terroristas, como los atentados del 11 de septiembre. Son sanitarias, con epicentro en Wuhan, China y ahora en Lombardía, Italia y Nueva York. Como en toda crisis de carácter mundial, nuevamente la misma viene acompañada de anuncios del fin de la hegemonía estadounidenses por los denominados declinalistas.

 

Es menester analizar si el movimiento tectónico producido (y aún en proceso) por la pandemia del Covid-19, anuló o eliminó alguna o todas las esferas de poder necesarias para ocupar el rol de hegemón global.

 

En primer lugar, más allá de la paralización parcial de gran parte del comercio mundial, como consecuencia del Covid-19 y las cuarentenas autoimpuestas a nivel global, el dólar sigue siendo la moneda fundamental para la realización de las transacciones tanto financieras como comerciales globales. El 75% de las veces que una persona o compañía solicita un préstamo en el extranjero, lo hace en dólares estadounidenses. El 90% de las transacciones financieras globales realizadas a través de bancos son en dólares. La proporción de países que utilizan al dólar como moneda de referencia es el 60%, los que a su vez representan el 60% del PIB global, incluyendo China. Aproximadamente el 65% de las reservas de los bancos centrales del mundo están en dólares estadounidenses.

 

Es decir, hasta ahora, el Covid-19 no puso en discusión el carácter del dólar como moneda mundial y, por ende, de la Reserva Federal como banco central mundial. En otras palabras, el “greenback” sigue al tope de la jerarquía, garantizando el “privilegio exorbitante” del que hablaba el presidente francés Valéry Giscard d’Estaing en la década del ‘70.

 

En segundo lugar, el poder tecnológico está intacto. Estados Unidos no ha perdido capacidad de innovación tecnológica ni tampoco su complejo militar industrial. Y la historia muestra que el keynesianismo que más fácilmente se activa en Estados Unidos es el militar. “Financiar al complejo industrial militar es de patriotas”, se dice. Por lo menos, eso ha sido suficiente para garantizar, hasta ahora, la supremacía militar, económica y tecnológica. La Marina y la Fuerza Aérea estadounidense, por ejemplo, ya han adelantado compras de equipamiento para mantener a los pequeños contratistas activos.

 

En tercer lugar, la economía de Estados Unidos aun representa el 25% del PIB global, la misma proporción que en 1980. Incluso si los pronósticos recientes de Goldman Sachs sobre la caída del PIB norteamericano para el segundo trimestre son correctos (estiman 34%), dado el carácter mundial de la crisis, el resto del mundo afrontaría caídas similares o incluso mayores, que seguirían garantizando el primer lugar en el podio para los estadounidenses.

 

En cuarto lugar, su poder militar continúa exhibiéndose a nivel global. Las unidades militares que fueron puesta en cuarentena solo han ingresado a ese estado debido a la ausencia de conflicto armado. Según el Departamento de Defensa, perfectamente pueden operar bajo la influencia del Covid-19 en caso de conflicto bélico.

 

Finalmente, no existe una restricción económica que impida al Gobierno de Estados Unidos aumentar el monto de los salvatajes o el gasto público, sea militar o no, para reactivar la economía y compensar las caídas colosales del consumo privado y las exportaciones. Si existe una restricción, es y será política.

 

Una de las enseñanzas de la Guerra Fría es que cuanto más grande sea el miedo a la victoria del enemigo, más probable será la planificación e intervención del estado en la economía. Sería muy “naïve” creer que en este caso, el poder infraestructural de Estados Unidos no está siendo utilizado o que él mismo no puede ser incrementado en última instancia. La presente crisis revelará si la intervención actual del Estado estadounidense será suficiente para conservar la supremacía global.

 

(*) Economista

 

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