El orden internacional antes y después de la crisis sanitaria

Por Atilio Molteni  Embajador

 

Hace mucho tiempo que Argentina no consigue entender cómo funciona el mundo ni pensar con seriedad acerca de cómo le conviene reinsertarse en la vida internacional sin perder medio país en ese juego que, como es obvio, está sujeto a innecesarios riesgos si las decisiones llegan viciadas de amateurismo político y profesional.

 

También se obstina en ignorar que las reglas internacionales no cambian sólo por una movilización callejera. O por no apreciar que la globalización combina la oportunidad de aprovechar ventajas y responder con inteligencia a los desafíos, inconvenientes y castigos de la realidad.

 

Bajo tal perspectiva, el problema se refiere a tener conciencia de que hay reglas que el país no podrá condicionar por más que patalee. Supone aceptar la convivencia con racionalidad y tener las mejores relaciones posibles con las superpotencias del planeta y despojarnos de enfoques ideológicos que hoy sólo figuran en los manuales de historia, a tomar nota de que las crisis que enfrentamos no se van a resolver mediante el diálogo con sistemas fracasados y corruptos como el de Nicolás Maduro o con el aporte de médico cubanos, cuyos antecedentes no son serios El secreto de este juego consiste en no olvidar nuestro genuino interés nacional en un mundo cada vez más complejo e indispensable.

 

Por su agresividad y capacidad de contagio, la presente pandemia de coronavirus (el Covid-19) obligó a millones de personas a tolerar y aceptar el distanciamiento social y supone la existencia de un grave problema para la salud pública y para la economía mundial. Al mismo tiempo su existencia genera realidades que inducirán a cambiar el orden internacional que hemos conocido hasta comienzos del 2020. Por ahora nadie ve con claridad cuáles son esos cambios.

 

Al respecto, si uno se pregunta qué nos depara el futuro, asoma a un interrogante de validez universal que en el caso de Argentina es de más difícil respuesta debido a la simultánea presencia de la crisis sanitaria, cuya duración y resultado son inciertos, la que entra en contacto con un escenario donde ya existe una profunda crisis política, económica y financiera de magnitudes nunca vistas y en el que desempeñará una enorme presión la inevitable crisis global que está a la vista. Semejante panorama es completamente desolador y requiere especial sabiduría.

 

Al empezar esa crisis sanitaria ya era visible que Estados Unidos retenía su condición de única superpotencia, con un predominio que fue unilateral desde la desaparición de la URSS (1989). Esa etapa quedó severamente limitada tras sus acciones militares en Medio Oriente y la crisis financiera y Gran Recesión (2007-2008). Así concluyó el ciclo denominado «American Century», el que surgió de su condición de estar entre los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y de haber concebido las instituciones del orden mundial liberal de la posguerra (1945 hasta hace una década).

 

La actual gravitación de Washington ya no es hegemónica y está condicionada por una confusa redistribución del poder. La evolución hacia el mundo multipolar hoy supone la necesidad de competir con China (superpotencia económica y creciente evolución de su poder bélico) y con Rusia (donde Putin podría retener el mando hasta 2036 si consigue poner de pie la economía de su país). Ambos rivales tienen capacidades militares significativas, políticas relativamente claras más intereses geopolíticos y ambiciones territoriales bastante discernibles. A nivel nacional, sus sistemas combinan el autoritarismo, conducciones personalistas, diferentes grados de evolución económica y cerrado nacionalismo.

 

El expresidente Barack Obama fue uno de los que reconoció los límites de la «excepcionalidad» de su país en la dirección de los acontecimientos internacionales. En ese momento alcanzó vigencia la idea de que Estados Unidos no era indispensable para solucionar todos los problemas, ni tenía porque ser responsable de mantener en soledad el orden mundial.

 

Donald J. Trump llegó al poder con el lema de «Hacer a América grande de nuevo», condicionó las políticas tradicionales del Partido Republicano y comenzó a manejarse con propuestas populistas, nacionalistas, racistas y mercantilistas. Su insólita política exterior radicalizó la tendencia al encierro de Estados Unidos con acciones radicales y torpes. Empezó por desconocer la necesidad e importancia de sus aliados, debilitó todas las expresiones de la cooperación institucional y la actividad de los organismos internacionales y mostró irresponsable simpatía hacia algunos de los líderes personalistas de Europa, Medio Oriente y otras regiones, como Brasil.

 

Tras una contradictoria y subjetiva relación con China, lo que indujo a su interlocutor, el líder Xi Jinping, a extender su mandato y centralizar el poder a expensas del Partido Comunista y los militares, adoptó decisiones que permitieron expandir el espacio de Pekín en el mundo. Así, la endeble cooperación bilateral le abrió paso a una salvaje competición en temas de seguridad, asuntos económicos y áreas conexas. Este enfoque se refleja en la estructural pretensión China de controlar el Mar del Sur, su influencia con sobre Corea de Norte y su expansión global (como la “Belt And Road Initiative”) y llevó a primer plano la guerra comercial. En el camino, Washington se vio forzado a modificar su estrategia de defensa, pues ahora el objetivo son las llamadas potencias revisionistas, dejando de lado el anterior nivel prioritario destinado a lidiar con los conflictos de regiones hostiles o grupos terroristas.

 

La crisis sanitaria demostró que el planeta no puede admitir la falta de transparencia en el manejo de enfermedades como el Covid-19. No resulta admisible que un virus detectado en noviembre pasado en Wuhan, China, se mantenga oculto por razones política. Algunos analistas sostienen que esa demora no dio margen para evitar una pandemia global y que ello supone la necesidad de establecer la responsabilidad internacional de Pekín por los daños inconmensurables causados en el mundo.

 

Después del aparente control de sus propias crisis mediante acciones muy drásticas y una tasa alta de recuperación, en estos momentos China trata de ocultar las conductas irresponsables de sus funcionarios, lo que incluye la censura a quienes denunciaron su existencia. El Gobierno multiplicó su apoyo a otros países para combatir el virus y exhibe la audacia de negar el origen de Covid-19, alegando que el problema se originó en supuestos planes estadounidenses. Ese enfoque se asienta en la idea de cambiar la percepción internacional y obtener una victoria propagandística, con vistas a que ello le permita captar nuevas inversiones y tecnología para eventuales mecanismos de solución de la pandemia.

 

En forma simétrica, Trump alude a la pandemia como el “virus chino” y enfatiza la responsabilidad de ese país por la existencia de la crisis. Ello supone incluir la pandemia en la lista de agravios recíprocos, lo que deviene en problema político. Ese factor hace más relativa la cooperación entre ambas potencias en el plano de las investigaciones científicas y en la provisión de materiales médicos que se fabrican en China. Todo esto se hace más engorroso por la frivolidad con que el Presidente de Estados Unidos manejó los anuncios sobre la crisis sanitaria, la que ha tomado un cariz altamente dramático en los últimos días. Hoy está en duda cuándo será la fecha pico de la enfermedad en Estados Unidos, país que en estas horas tiende a encabezar el número de víctimas del Covid-19.

 

Por otra parte, el apoyo popular a Trump creció a pesar de su obvia frivolidad e irresponsabilidad en el manejo de la crisis, lo que es habitual cuando los ciudadanos enfrentan una crisis de estas características y anhelan tener un paternal conductor. Esa dualidad explica la paralela caída de una parte de su fortaleza política y de la confiabilidad que inspiran sus sucesivos y contradictorios anuncios. También cayó verticalmente la actividad económica y quedó desvirtuada la noción del Presidente del pleno empleo, ya que hubo un violento aumento de la desocupación, hoy estimada en el 14% de la población económicamente activa. Al mismo tiempo, muchos votantes ven al senador demócrata Joe Biden como un candidato con crecientes posibilidades. También ascendió la imagen del gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, y otros políticos provinciales.

 

Otra consecuencia internacional del Covid-19 es el cierre de mercados, lo que supone un claro y pernicioso golpe al concepto de economía global. En estos momentos Europa parece extender su proteccionismo agrícola al resto de la economía. Parece olvidar que el Tratado de Maastricht institucionalizó las fronteras abiertas sobre la base de los cuatro principios o libertades: para la circulación de mercaderías, el capital, los servicios y las personas. Ahora el objetivo se concentra en evitar el movimiento de personas y la propagación del virus, por lo cual la identidad europea pierde fuerza frente al interés de cada Estado de defender a sus ciudadanos. Los diferentes escalones de decisión de la UE no logran un acuerdo integral y suficiente para financiar y mitigar la crisis.

 

Otra consecuencia de la pandemia es que varios líderes tanto autócratas como democráticos, están invocando poderes ejecutivos que suponen mayor autoridad y autoritarismo, ya que la sociedad admite la necesidad de subordinar los derechos humanos a las medidas extraordinarias destinadas a controlar la crisis, a pesar de que algunas de ellas tienen muy poco que ver con el Covid-19. El interrogante es hasta cuando las van a usar y hasta qué punto seguirán ganando posiciones líderes como el Primer Ministro de Hungría o el poder que hoy rige los destinos de Israel, mientras otros han decidido lisa y llanamente postergar las elecciones o el aumento del control de los ciudadanos.

 

Además, la preocupación por Estos hechos también sirven para dejar de lado las acciones orientadas a resolver amenazas globales como el medio ambiente y el cambio climático, así como las destinadas a prevenir otras posibles pandemias de cualquier origen. Es obvio que ello tiende a expandir el interés por aquellos países que enfrentan situaciones críticas de salud y complejas debilidades económicas en todo el planeta. Esas explicables distracciones prueban la tendencia humana a olvidar que la mejor receta a estos males es un buen Gobierno, lo que en algunos casos lleva a ignorar la orientación ideológica de quienes lo ejercen.

 

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