viernes, diciembre 2, 2022

Cómo se gestó hace 20 años la llegada de la hinchada de Chicago al mundo del polo de la mano de Cambiaso

El 14 de diciembre de 2002 sucedió un hecho único e irrepetible en la final del Abierto de Polo de Palermo. Aquel día, La Dolfina -el equipo del mejor jugador de todos los tiempos, Adolfo Cambiaso-se consagró campeón del torneo de polo más importante del mundo.

Eso no fue lo único e irrepetible porque, a partir de esa primera vez, La Dolfina y Cambiaso ganaron un total de 14 Abiertos de Palermo. Sin embargo, lo único e irrepetible de ese caluroso sábado de hace casi dos décadas fue la irrupción del arrabal futbolero en el Campo de Polo, un lugar reservado -hasta entonces-para un público exclusivo.

El 14 de diciembre de 2002 un numeroso y ruidoso grupo de hinchas de Nueva Chicago dijimos presente en Palermo para alentar a La Dolfina. Aquella insólita migración de fanáticos del equipo de Mataderos a la tribuna de madera Dorrego lateral de la llamada “Catedral del Polo” tiene una explicación simple: amor por los colores. Amor por el verde y negro a rayas verticales en una camiseta.

Fue en ese mismo 2002 cuando Cambiaso y su por entonces compañero de equipo Bartolomé “Lolo” Castagnola, decidieron cambiar el diseño de la camiseta de La Dolfina.

Después de haber perdido dos finales seguidas con una camiseta blanca, Cambiaso y Castagnola –su cuñado, ya que está casado con su hermana Camila Cambiaso- pensaron que debían hacer algo “extra polístico” para revertir la situación. Fue entonces que eligieron los colores de Chicago, el club de Mataderos al que ambos iban a ver cuando adolescentes de la mano de Héctor “Chalo” Castagnola, conocido matarife y padre de “Lolo”.

Los jóvenes Adolfito y Lolo iban uno que otro sábado a alentar a Chicago, el club del barrio de la carne, el negocio que transformó en próspero al Chalo, quien murió en diciembre de 1998.

Adolfo Cambiaso en 2002 cuando La Dolfina adoptó la camiseta de Chicago. (Gentileza: Héctor Omar González) (Gentileza Héctor Omar González./)

Cuando se inició la temporada de 2002, Cambiaso y Castagnola, cabuleros en extremo, determinaron que La Dolfina iba a vestir la camiseta de Chicago para intentar cortar la racha de derrotas en las finales de Palermo. Ellos no sabían la que se venía.

El hecho no tuvo demasiada difusión cuando comenzó la temporada de polo de aquel año y se jugaron los dos primeros torneos: Tortugas y Hurlingham. Sin embargo varios hinchas de Chicago habían ido a alentar a la final de Hurlingham, no se había organizado nada. Quienes fueron lo hicieron por decisión individual, algo similar a ir la a popular visitante en los partidos de fútbol. Algo estaba latente.

En aquel 2002, Chicago, acostumbrado a jugar en la B Nacional, militaba en Primera luego del ascenso conseguido en Córdoba en junio de 2001.

En mi calidad de hincha, ex jugador de inferiores, y socio de Chicago se me ocurrió que Cambiaso, Castagnola y los hermanos Sebastián y Juan Ignacio “Pite” Merlos -los cuatro de La Dolfina- debían ser recibidos en la cancha de Nueva Chicago. Fue entonces que me comuniqué con María Vázquez, esposa de Cambiaso, a quien apenas conocía por cuestiones laborales y a través de su padre, el fallecido diplomático Jorge Vázquez. Ella me dio el teléfono de Guillermo “Flaco” Valent, quien por entonces era la mano derecha de Adolfo Cambiaso.

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Adolfo Cambiaso el 24 de noviembre de 2002 en la platea de Chicago rodeado de hinchas. (Gentileza Héctor Omar González/)

Hace exactamente 20 años, el 24 de noviembre de 2002, Chicago jugó contra Unión de Santa Fe en Mataderos. Al mismo tiempo, el Abierto de Palermo estaba en sus inicios y supuse que aquel partido de local sería una buena posibilidad para presentar a los campeones de Hurlingham ante el pueblo de Nueva Chicago.

Mis interlocutores eran el por entonces presidente del club, Ángel “Tito” Guerra, y Roberto Vila, otro integrante de la comisión directiva. Les propuse que se les entregaran a Cambiaso, Castagnola y los hermanos Merlos camisetas de Chicago con la numeración utilizada en el polo: del 1 al 4. La idea fue aceptada y, como se verá, superada.

Los polistas se entusiasmaron con la invitación, nos pusimos de acuerdo con la gente de La Dolfina y quedamos en encontrarnos en el local de Mc Donald´s de Alberdi y General Paz, Mataderos. Dos horas antes del partido los pasé a buscar por allí. Jamás nos habíamos visto las caras. Yo sí conocía a los jugadores por las fotos de la consagración en Hurlingham con la camiseta de Chicago.

Hasta aquella tarde de sábado mi contacto con el polo se limitaba a haber leído el resultado de la final del Abierto de Palermo en la revista El Gráfico durante mi infancia y adolescencia. A mediados de los 90 había ido a ver una final de Palermo entre los dos equipos de la familia Heguy: Chapaleufú I y Chapaleufú II. Eso era todo. No tenía mucha idea de ese deporte al que me había acercado en 2002 por amor a los colores.

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Llegué al lugar del encuentro y, además de los cuatro polistas, había varios amigos de los integrantes del equipo. Eran ocho o nueve: Valent, Lucas Monteverde (años después campeón con La Dolfina) y otros más. Me senté con ellos y allí entendí algo de lo que pasaba en el polo. Según me contaron, a ellos los llamaban despectivamente “los carniceros del polo”. Los tradicionalistas no los querían, hecho por el que en las finales de 2000 y 2001 habían jugado con todo el público de Palermo en contra.

Veinte años después de esa charla inicial, me permito decir que, cuando pintaron de verde y negro la camiseta de La Dolfina, no lo hicieron pensando en conseguir “hinchas”. Eso surgió después, diríamos casi naturalmente por parte de los que fuimos a alentar.

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Sebastián Merlos, Ignacio «Pite» Merlos, Bartolomé «Lolo» Castagnola y Adolfo Cambiaso (semi tapado). Vuelta olímpica en la cancha de Chicago luego de ganar el torneo de polo de Hurlingham (Gentileza Héctor Omar González) (Gentileza Héctor Omar González/)

Hablamos un rato y partimos. Cambiaso se subió a mi auto de entonces, un Chevrolet Corsa 1997 tres puertas y fuimos hacia la cancha. Se ubicó en el asiento del acompañante y miró con atención lo que había atrás: una sillita de bebé. “¿Tenés un hijo chiquito?”, preguntó. Entonces le hablé de mi hija Francisca, que había nacido en junio de 2001. Él me contó que era padre reciente; su hija mayor, Mia, había nacido el 6 de noviembre de 2002. Conversamos unas cuadras, le conté un poco sobre el barrio, sobre Chicago, sobre mi viejo Antonio-carnicero de toda la vida- y llegamos al club.

Los directivos recibieron a La Dolfina como si fueran de Mataderos desde siempre. Para empezar con la recorrida, les mostraron las instalaciones y los invitaron a pisar el césped antes del inicio del partido. También les dieron recuerdos, una bandera que decía “La Dolfina = Chicago” y las cuatro camisetas. El estadio República de Mataderos estaba lleno, como en todos y cada uno de los partidos.

Ya adentro de la cancha, los polistas comenzaron a caminar y saludar a la gente vestidos con la camiseta del primer equipo y nació sin querer una especie de vuelta olímpica coronada por el grito tribunero de “Dale Campeón, dale campeón”, basado en la música de la Marcha Peronista. Un hecho un tanto surrealista, no planeado, que surgió, de manera improvisada.

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Los jugadores del equipo profesional de Chicago mezclados con los polistas de La Dolfina, directivos y allegados. Y la bandera de recuerdo. (Gentleza Héctor Omar González) (Gentileza Héctor Omar González/)

El equipo de Chicago entró al campo de juego para enfrentar a Unión y los polistas posaron en una desordenada foto con los futbolistas: todos con la misma camiseta, pero cuatro con pantalones largos. Luego vimos el partido en la platea. Empate dos a dos, un resultado que no le convenía para nada a Chicago en la pelea por permanecer en Primera.

Varias de las imágenes que ilustran esta nota fueron tomadas el 24 de noviembre de 2002 por Héctor González, vecino de Mataderos, hincha, socio vitalicio y desde 1998, fotógrafo de Chicago. Los futboleros saludaban al “Maradona del polo” y le pedían autógrafos y fotos. González atesoró las imágenes que registró hace dos décadas tanto en la visita de La Dolfina a Mataderos como en la final en la que Cambiaso logró su primer campeonato.

Finalizado el partido, salimos de la cancha, hice de guía de la pequeña caravana de polistas y allegados que se dirigía a Cañuelas, hasta llegar a la avenida General Paz. Allí nos despedimos sin saber cómo seguiría la historia que había empezado un 24 de noviembre como hoy pero de hace 20 años.

Luego de aquel viaje de los polistas a Mataderos comencé a ir a ver los partidos del Abierto de Palermo. Había que aprender las reglas de un deporte casi desconocido: desde las más simples (la duración de los chukkers) hasta las más complicadas (por qué no se puede cruzar la línea del jugador/caballo que lleva la bocha). Había que entender una cuestión fundamental del polo: a cada gol los equipos cambian de lado y atacan hacia los mimbres (arcos en el fútbol) que un minuto antes habían defendido. Los allegados a La Dolfina, e incluso los jugadores, dictaban cursos acelerados de polo para hinchas de fútbol néofitos en el juego del taco y de la bocha.

Los primeros partidos fuimos unos pocos, de manera espontánea. Nos reconocíamos en Palermo por la camiseta de Chicago o porque alguna vez nos habíamos visto en Mataderos. Nos saludábamos y nos mirábamos sorprendidos. No sabíamos bien qué estábamos haciendo allí, aunque persistía una explicación bastante simple: alentar a los colores.

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Bartolomé Castagnola y Adolfo Cambiaso en Mataderos, con un pequeño hincha de Chicago. Esa tarde de noviembre de 2002 los polistas fueron recibidos en el estadio y aplaudidos por los futboleros. (Gentileza Héctor Omar González) (Gentileza Héctor Omar González/)

La Dolfina llegó a la semifinal del Abierto de Palermo contra La Ellerstina, el clásico rival de los años venideros. Ese día Cambiaso y su gente me invitaron a ver el partido al palenque.

Palenque, otro término que tuve que aprender: así se llama al lugar en el que los jugadores de polo se cambian y descansan entre chukker y chukker. Una especie de vestuario versión campestre que en 2002 eran unas sillas y alguna pequeña estructura para darles sombra a los jugadores. Hoy son grandes carpas cercadas con vallas y personal de seguridad que evita que entren “colados” al “vestuario”. Los auspiciantes de los equipos aprovechan esas enormes estructuras que hace 20 años eran pequeñas para instalar los logos de sus marcas con la intención de que sean enfocados en la transmisión televisiva.

El 7 de diciembre de 2002, La Dolfina derrotó 15 a 14 a La Ellerstina y de ese modo el equipo de Cambiaso clasificaba a su tercera final consecutiva. Había perdido las dos primeras. No podía volver a suceder.

Cuando terminó el partido, Cambiaso se bajó de su caballo en el palenque, abrazó a un par de colaboradores y ordenó: “Mi camiseta es para él”, mientras me señalaba. Acto seguido, después de regalarme su camiseta número 1, me dijo: “Necesito gente para la final”.

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La formación de La Dolfina el 14 de diciembre de 2002 con la camiseta verde y negra. Final frente a Indios Chapaleufú. (Gentileza Héctor Omar González) (Gentileza Héctor Omar González./)

Y así fue cómo, con una semana de anticipación, se puso en marcha la organización de lo que fue la marea verde y negra que llegó de Mataderos hasta Palermo. Cambiaso puso a Valent como mi contacto y juntos comenzamos a zurcir la llegada de hinchas de Chicago a la Catedral del polo.

El primer aporte de La Dolfina para conseguir hinchas fue de 80 entradas. La organización de Cambiaso las compró y me las entregó. Fui a Cañuelas –donde está ubicada La Dolfina- a buscarlas en los días previos a la final. Ahí tuve la posibilidad de ver un entrenamiento y charlar un poco con los polistas.

En diciembre de 2002, las entradas más baratas para ver la final de Palermo costaban 10 pesos cada una, el equivalente a unos tres dólares de entonces, un valor similar al de las populares del fútbol de Primera de ese año.

Me tocó hacer el reparto de las entradas de gentileza que nos había dado La Dolfina. Fueron 20 para los socios vitalicios del club, algunos de ellos ya habían ido a ver varios partidos. Otras 20 las destiné para los integrantes de una lista de correo electrónico de hinchas de Chicago (no había redes sociales), entre ellos se encontraban varios del exterior que habían llegado a la Argentina para pasar las fiestas con sus familias. Entregué 20 entradas para los jugadores y el cuerpo técnico de las divisiones inferiores y, finalmente, 20 para la hinchada.

Después de la repartija, me puse en contacto con algunos habitantes del barrio de Los Perales que históricamente fue el centro de la hinchada de Chicago. Tuvimos una reunión en un bar sobre la avenida Alberdi. Lo primero que quedó en claro en esa mesa de café fue que no había plata para ir a Palermo, que era por los colores y que La Dolfina ponía las entradas y un micro para llegar desde Los Perales al Campo de Polo.

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Bombas de humo, petardos, banderas, bombos, sombrillas. Clima futbolero en la final del Abierto de polo de Palermo de 2002. (Gentileza Héctor Omar González) (Gentileza Héctor Omar González./)

“¿Qué llevamos?”, me preguntó Caco, mi interlocutor. “Ni idea, decidí vos”, le dije.

“Vamos a llevar 15 banderas de palo, cinco sombrillas, una bandera no muy larga y dos zurdos”, sentenció. Los zurdos son los bombos. Luego, Caco me preguntó qué actitud había sobre la droga. No entendí la pregunta y me explicó: “Mirá, hay pibes que nacieron en Mataderos, pero se creen que viven en Jamaica, ¿se puede llevar faso?”. Ahí me tocó ensayar una teoría acerca de que la comisaría con jurisdicción en Palermo no quería mucho a la hinchada de Chicago y tan solo pedí que fueran cautelosos.

Hace 20 años, todavía se podían comprar entradas en las boleterías de Palermo, el día de la final. Siempre quedaban unas pocas, algo que no sucede en las últimas temporadas porque se agotan con mucha antelación.

Aquella tarde de calor de diciembre de 2002 llegué temprano a Palermo. Fui con mi papá. Yo con la camiseta de Cambiaso, él con su gorrita de Chicago. Mientras repartía las entradas se acercaron varios turistas extranjeros a intentar comprarlas por valores absolutamente tentadores. Dije que no en todos los casos.

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Algunos hinchas de Chicago a los que les había dado sus entradas se dejaron llevar por las ofertas de los dólares de los turistas y las vendieron. Se perdieron la final pero sonrieron por unos días.

Esperé la llegada del micro que había salido de Los Perales. La sorpresa fue enorme: en vez de un micro escolar o un interno de una línea de colectivos que son los que habitualmente se utilizan para ir a las canchas de fútbol, la pequeña parte de la hinchada de Chicago llegó a Palermo en una combi moderna y con aire acondicionado. Un lujo.

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La tribuna Dorrego lateral (de madera como las de los viejos estadios de fútbol) repleta de hinchas. Allí se mezclaron los de Chicago con los de La Dolfina. (Gentileza Héctor Omar González) (Gentileza Héctor Omar González./)

Nunca voy a olvidar la imagen de los hinchas de Chicago -algunos en musculosa y tatuados- con los bombos y las banderas, abriéndose paso sobre Dorrego hasta llegar a la puerta de ingreso entre mujeres con capelinas y hombres con sombreros claros. Los usuales espectadores de polo miraban asombrados a los de gorros “pilusos” verde y negro.

Una vez en la puerta, se entabló un diálogo amable con los que controlaban el ingreso y todo el que tenía su entrada pasó sin problemas. Uno de los hinchas me contó que habían comprado un poco de pirotecnia y un par de bombas de humo de colores: la promesa era teñir el cielo de Palermo de verde y negro. Es decir, había clima de fiesta futbolera en una cancha lejana, ajena y donde se jugaba un deporte extraño.

Ya en el campo, dentro de la tribuna, la sorpresa fue gigante. Había muchos más hinchas de Chicago que los 80 invitados por La Dolfina. Algunos habían llegado bien temprano y comprado las últimas entradas en las boleterías, y otros, ante la imposibilidad de conseguir los tickets –o bien porque se habían agotado o porque no se los habían querido vender- pusieron en práctica una vieja costumbre futbolera: colarse. Comparado con los siempre difíciles saltos de alambrados en las canchas del ascenso el evitar las rejas del Campo de Polo fue un juego de infantes. Una vez superado el escollo, sólo había que acomodarse en la tribuna. Hubo otros que no pudieron entrar de ninguna manera y se quedaron por allí.

La explicación para aquella cantidad inesperada de hinchas de Chicago en la tribuna Dorrego fue que programas de radio que se dedicaban solo a hablar de fútbol, hablaron de polo en la semana previa a la final por los colores de la camiseta de La Dolfina. Un diario juntó a jugadores de Chicago con los de La Dolfina unos días antes del partido definitorio. La difusión de la impensada fusión entre el fútbol y el polo llevó más gente de Mataderos a Palermo que la que se había calculado.

La espontaneidad venció a la organización. Habían llegado hasta Palermo hinchas en autos y en colectivo, con gorros, camisetas y banderas, esas que se llevan a la cancha y se cuelgan en el alambrado. En las banderas se leía “Los Perales”, “Lugano”, “Carhué”, nombres de lugares desconocidos para el público del polo, pero referencias geográficas inconfundibles de la zona de influencia de Chicago. Nunca la tribuna Dorrego de madera del Campo de polo fue tan popular como aquel día.

Juntos en la tribuna más cercana a la avenida Libertador y al palenque de La Dolfina convivimos todos: los que llevamos la camiseta del equipo de Cambiaso, los que llevaron la de Chicago, los de sombreros regalados por los auspiciantes, los de los gorros del club de Mataderos, los de boinas camperas, los de jean, los de pantaloncitos de fútbol, los de camisas y chombas color pastel y los que andaban en musculosa o en cueros.

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La tribuna Dorrego lateral teñida de verde y negro en la final del Abierto de Palermo jugada en diciembre de 2002. (César De Luca)

Allí estábamos los recién llegados al polo junto con los que no se perdían una final de Palermo por nada del mundo. Los que cantaban “Maradoo, Maradoo” cada vez que Cambiaso tiraba un lujo con los que apenas esbozaban un grito de “Vamos La Dolfina” con voz aguda.

Fue, según me contaron, la primera vez que la final se vio de pie en una tribuna. Habitualmente los espectadores disfrutan sentados del partido más importante de polo del año. Aquella vez vimos la final parados. Como en la cancha, como en las viejas y queridas tribunas visitantes del fútbol de ascenso.

El 14 de diciembre de 2002, el grito de gol propio de una cancha de fútbol reemplazó al frío aplauso que el público de polo ofrecía ante cada conquista. El equipo de Cambiaso le ganó 20 a 16 a Chapaleufú II. Por supuesto atronó el ”Dale campeón, dale campeón” característico del fútbol y el “Maradoo, Maradoo” para el número 1 de La Dolfina que aquella tarde metió 16 goles. Y por supuesto hubo humo, petardos y ritmo de cancha al son de los bombos.

En medio de una enorme cantidad de gente que acompañaba a los jugadores desde la cancha al podio de premiación, Cambiaso me dio un abrazo y me dijo: “Lo hicimos, lo hicimos”, y nos miramos cómplices. La tercera final fue la vencida y su primer Abierto de Palermo con su equipo, la gente de Chicago lo había apoyado y él lo agradecía.

Esa tarde hubo fiesta en Palermo: modelos amigas de María Vázquez bailaron junto a hinchas de Chicago que sacaron provecho de la enorme botella de champán que los campeones del Abierto les habían regalado. Cayó la noche y cada uno volvió a su barrio: los polistas a Cañuelas y parte de los hinchas a Mataderos.

Un par de días después de la hazaña y la fiesta de diciembre de 2002, Cambiaso me preguntó cómo podía agradecer lo hecho por los hinchas. Le dije que un primer paso era que invitara un asado. Cumplió. El 30 de diciembre fuimos invitados nueve hinchas de Chicago a Cañuelas. Y hacia allá viajamos cinco representantes de “Los Perales”, dos vitalicios, un dirigente y yo. Mientras se hacía el asado, Cambiaso nos llevó a recorrer las caballerizas y nos mostró su pequeño mundo.

Cambiaso. Chicago. Dolfina 2002. 20 años
Adolfo Cambiaso y el autor de esta nota en Mataderos el 24 de noviembre de 2002 en la cancha de Chicago. Veinte años después el periodista y el polista en Palermo

Ofreció ensillar una “yegua mansita” para que alguno de los de Mataderos se animara a pegarle a la bocha de polo con el taco. Fui el primero en intentarlo: absolutamente imposible. No le pegué siquiera con la yegua parada al lado de la bocha. Aunque no descolló, Caco, acostumbrado a montar en el Mercado de Hacienda, tuvo una mejor perfomance que yo. Cuando terminó aquel semi-papelón, Cambiaso nos dijo: “¿Vieron que es difícil? Se los mostré para que después no nos puteen cuando nos sale mal una jugada”.

Aquel asado en el que se bebió solo gaseosa fue reseñado por el periodista Fernando Gourovich -mi primo, fallecido en 2015- también hincha de Chicago. La nota que se publicó en Clarín el 4 de enero de 2003 se llamó “Futbol y polo, un solo corazón”. La aparición de hinchas de Chicago en la final de Palermo seguía siendo noticia.

Más adelante en el verano de 2003 hubo otro capítulo del espontáneo interés de los hinchas de Chicago por alentar a La Dolfina. El equipo de Cambiaso jugó un partido en Mar del Plata. Era una tradición que el campeón de Palermo diera una exhibición en la Feliz por lo que ese año le tocó a La Dolfina. No jugaba el equipo completo: solo Cambiaso y Castagnola junto a dos suplentes. Así y todo, a pesar de lo poco atractivo del partido, fui con un amigo y su hijo Mar del Plata.

En la cancha de polo éramos unos 25 hinchas de Chicago. Había banderas, camisetas y gorros que nos identificaba. Unos salimos desde Buenos Aires aquella mañana y otros aprovecharon que ya estaban ahí cerca de vacaciones y fueron a tomar mate y ver el partido en el que jugaban “los colores”.

Cambiaso se sorprendió por la concurrencia y me dijo: “No vale la pena que vengan a partidos como este, pero igual es muy lindo”.

Unas semanas después volvimos a hablar. Cambiaso quería seguir agradeciéndoles a los hinchas el casi inexplicable amor -transmitido por propiedad transitiva- de los colores del barrio a los del polo.

Le sugerí que comprara un telón, una de esas banderas enormes que cubren por completo las tribunas de las canchas de fútbol. Cambiaso aceptó encantado. Y así fue como la gente de La Dolfina le regaló a la hinchada de Chicago el telón verde y negro de 90 metros de largo por 35 metros de ancho que se desplegó en varios estadios desde el año 2003.

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El telón que La Dolfina le regaló a la hinchada de Chicago desplegado en la cancha de San Lorenzo.

Los tradicionalistas del polo tardaron en digerir la presencia de la hinchada de Chicago en Palermo. Fue tan así que al año siguiente, un habitual cronista de polo del diario de La Nación había escrito un texto en el que señalaba que hasta el partido previo a la final habían (habíamos) asistido unos pocos hinchas de Chicago a alentar a La Dolfina. Aquella columna pedía -en referencia a la llegada como espectadores de personas ajenas a las tribunas de Palermo- que en el partido final de 2003 no hubiera “devaluación humana”.

El domingo pasado, cuando La Dolfina derrotó 23 a 4 a La Irenita II en Palermo, Cambiaso me contó cómo recordaba aquella final de 2002 en la que por primera vez no tuvo a todo el público que asistió en contra: “Éramos locales fue lindísimo. Fue la sensación más linda del mundo. No estaba acostumbrado a jugar de local. Realmente fue una de las cosas lindas que me ha pasado en mi vida. Siempre lo cuento y sonrío de una buena manera porque lo he disfrutado mucho”. Dos décadas más tarde Cambiaso dijo: “Recuerdo aquello muy gratamente, con mucho cariño. Y lo volvería a hacer”.

La Dolfina jugó con la camiseta con los colores de Chicago hasta 2004. Según explicó Cambiaso, la modificación se relacionó con un asunto de “esponsoreo”. Confieso que en el momento en el que abandonaron los colores me enojé y dejé de ir a ver los partidos por un par de años. Después, cuando conseguí alguna invitación por mi carácter de periodista, fui a varias finales y lo hice siempre con alguna prenda de color verde y negro. De los demás hinchas de Chicago, hay uno -Ema, también de Los Perales-que fue a casi todas las finales. Él siempre le regala camisetas de Chicago a Cambiaso y el polista le obsequia de La Dolfina.

En 2020, el año de la pandemia, éramos cinco los hinchas de Chicago en el campo de polo el día la última final de Palermo que ganó La Dolfina. Tres de esos hinchas –uno de ellos Ema- estaban en la tribuna Dorrego. Los otros dos éramos mi hijo Gaspar y yo, sentados en la platea de enfrente.

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Final de Palermo de 2020. La Dolfina se consagró campeón y Adolfo Cambiaso le dedicó un saludo a tres hinchas de Chicago. (Gentileza Fernando Santamarina) (Gentileza Fernando Santamarina/)

Cuando terminó el partido y Cambiaso consiguió su título 14 de Palermo, lo celebró con un saludo a los tres hinchas que estaban en la Dorrego: ese instante quedó retratado por el fotógrafo Fernando Santamarina. Dieciocho años después Cambiaso refrescaba con ese gesto aquella relación de cariño de tribuna que se había originado en 2002.

En los festejos de la final de 2020 Cambiaso se quitó la remera blanca de La Dolfina y se puso la camiseta de Chicago que tenía una imagen de Diego Maradona, quien había muerto días antes. El mejor jugador de polo de todas las épocas decidió celebrar el triunfo en el torneo más importante del mundo con una camiseta similar a la que eligió en 2002 para intentar cambiar la suerte que, hasta hace 20 años, le había sido esquiva. Una muestra más de su amor por los colores.

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